A SARA GARZÓN IN MEMORIAM
Rabí
Hillel, el Bablí, de la tribu de Benjamín, que se había reconciliado con el
Señor (¡Bendito Sea Él!), soñó con
la Tierra Extrema de Poniente - la lejana Sefarad- y como hubiera oído que allí
se encontraba la Fuente de la Vida, (La Mekor Haim), deseó ardientemente
hallarla.
Contó a su
compañero el sabio Shamay, más estricto que él en la observancia de los
mandamientos, cuál era el deseo de su corazón: contemplar de cerca la Fuente de
la Eterna Vida, porque le habían dicho que ésta se encontraba en el Sur de
Sefarad, donde en otro tiempo lejano había un jardín de hermosura y abundancia;
allí, en las fértiles vegas de Lacimurga a orillas del Annah, el río
inescrutable, donde el envejecido Hércules encontró la muerte al adentrarse en
el encinar sagrado cuajado de bellotas de oro al ser devorado por trece mastines
de aterradores colmillos, que custodiaban el bosque; y allí se cumpliría el
deseo de su corazón: contemplar la Fuente de la Vida.
Con
tal fin, formó un cortejo poderoso de sabios y gentes del Sanedrín, que él
presidía, y desde la Yeshivá donde impartía su enseñanza, inició la arriesgada
expedición montado sobre un toro
embridado por una serpiente.
Llegaron
el rabino y sus discípulos al destino lejano. Ávidos de novedades emprendieron
la exploración de la gruta al pie del gigantesco cerro Villavétula, según unos,
de la vieja, y según otros de la virgen, que desafía los vientos del Poniente en
el Occidente de la Tierra. Allí habían sido conducidos por los sabios del lugar
al pie de aquella montaña altiva. Y entraron, luciendo en sus brazos las
antorchas que pronto revelaron la abundancia del tesoro que de sus paredes
arrancaba la luz de los hachones: las piedras preciosas, en cantidad nunca
imaginada, brillaban deslumbrantes. Se detuvo la comitiva, atento aquel cortejo
más a cargar sus bolsones que a dar con la salida de la cueva a través de
vericuetos tortuosos. El afán de riqueza perdió a los hombres del séquito hebreo; los
cegó la luz de las piedras preciosas no dejándoles ver la claridad que acaso se
adivinara a lo lejos, en el confín interior de la espelunca tenebrosa. Se tornó
la oscuridad de la caverna en sombra de sus mentes, y no encontraron la salida.
No así Hillel el Sabio, que seguía la luz interior de su noble deseo y la tenue luz del exterior del laberinto,
sólo visible a quienes la buscan y desean.
Hillel
siguió adelante solo. Al salir se
encontró en una verde pradera cuyo centro dominaba una fuente de aguas que
vertían transparentes sobre la alberca, y que al caer parecían sonar como el
rítmico recitar de los salmos. Vio el rabino junto a la boca de la fontana un
cántaro de fina arcilla nunca vista lleno de agua. Se Sintió atraído hacia él;
sintió un intenso deseo y sed inexplicable por llevarse aquel cántaro a los
labios. Hillel lo tomó en sus manos e iba a beber: acaso fuera aquella la fuente
de la vida que buscaba. Pero le interrumpió queda una voz:
- Si bebes verás pasar el tiempo por la
puerta de tu casa, y con él a aquellos a quienes amas, a quienes habías ido
queriendo, y verás cómo se alejan río debajo de la muerte mientras tú quedas
anclado en este puerto de la vida irrenunciable, a tu pesar, a la fuerza. No
podrás compartir el destino de los hombres. Tus padres, tus hijos, tus nietos,
tus mujeres, tus hermanos, tus amigos, aquellos por quienes reíste y lloraste,
todo se lo llevará el viento como se lleva la hojarasca. Yo
lo sé , gran rey; he visto morir a tantos...! El recuerdo
de ellos, de sus días felices y de los míos me pesa más que una cadena pesa
sobre el cuerpo de los reos. Y no conozco ya a nadie, gran rey; ni me conocen.
Soy una sombra con vida que no puede conmoverse y por la que no se conmueve
nadie.¿Para qué quiero yo la eternidad, dime... qué bienes se me siguen de ella?
El tiempo no es tiempo para mí, sino solamente años; como tampoco es distancia
la que separa las orillas hacia ninguna parte. Ni siquiera D..S podría hacer
cosa alguna por mí, pues no llegará nunca a ver Su rostro.
Comprendió
Hillel la tragedia del anciano, y no bebió; comprendió aquel día la necesidad de
la muerte. Apartó de sí el cántaro, que se hizo añicos al estrellarse contra una
roca. Allí, el agua derramada formó una pequeña charca de la que brotó un olivo.
Dio Hillel gracias a Adonai, que había puesto en su camino a aquel anciano.
Quiso saber su nombre, pero ya se había marchado cansino, como caminan los hijos
de la raza del Pacto del Sinaí: la mesnada escogida de los judíos. Le dijeron,
cuando dejó Lacimurga y arribó a Tánger, que el anciano era acaso el Padre del
Pueblo hebreo, el Patriarca Abraham, destinado a la eternidad, si no en su
carne, sí en su pueblo, porque serían sus descendientes tantos como granos de
arena contiene la orilla de los mares del mundo.
Más tarde supo Hillel que había hablado con
una criatura puesta por
el Eterno al borde de su camino para hacerle comprender que la vida no
está hecha para durar, si no para dar al hombre ocasión de que elevándose Le dé
gloria.