El Tortoni y el Izmir .

 

 

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Cada ciudad tiene su propia historia y por ende sus típicos espacios para las relaciones sociales y el desenvolvimiento del ocio. Los cafés, esos particulares centros de reunión que reflejan la idiosincrasia de la sociedad en los que han surgido, nacen acorde a las necesidades de su gente.

Una mirada sobre Buenos Aires nos traslada al terreno de lo asombroso y fantástico desde el origen mismo de su rica y fecunda historia. Fue fundada dos veces, como para reafirmar los deseos de la corona española de levantar en estos alejados parajes una ciudad con destino de grandeza. Pedro de Mendoza, en nombre de los monarcas lo hizo por primera vez en 1536, pero el fracaso en conseguir una población permanente no amedrentó a los reyes y mucho menos a sus súbditos. El segundo y definitivo asentamiento quedó a cargo de Juan de Garay, en Junio de 1580.

Ese pequeño caserío se transformaría en sólo treinta y siete años en la Capital de la Gobernación del Río de la Plata, dando un salto cualitativo a partir de 1776 cuando por Real Cédula del rey Carlos III se convierte en sede del Virreinato del Río de la Plata, cumpliendo también con las expectativas de sus pobladores. (1)

Desde que se reuniera la sociedad colonial, en aquellos primeros rincones como el “Almacén del Rey”, desde 1769 ubicado en la Recova Vieja, o el “Café de los Catalanes” , inaugurado en 1799, en las actuales calles Pte. Perón y San Martín, pasó el tiempo obcecadamente. La Recova ya no existe y fueron, por demás, sorprendentes y vertiginosos los caminos que siguió la historia. La “ Reina del Plata” tuvo un espectacular crecimiento al convertirse en puerta de acceso de importantísimas oleadas inmigratorias, entre fines del siglo XIX y principios del XX, modificando su carácter predominantemente hispano, pasando a ser el receptáculo de una profusa mezcla de culturas.

El café Tortoni y el café Izmir , tan distintos en sus estilos, tienen en común el haber trascendido como característicos lugares de encuentro de la ciudad. El primero, el más antiguo y prestigioso en pie, abierto en 1858, y el segundo, sitio de leyenda y reducto de inmigración oriental, poseen, además, un interesante y poco conocido vínculo que se inicia hacia 1920.

Por entonces partió hacia la Argentina Rafael Alejandro Alboher, hijo mayor de una familia judía-sefaradí, de Esmirna (Izmir), Turquía. Esta antiquísima ciudad del Asia Menor, fundada por los griegos, tuvo el fabuloso privilegio de ser uno de los importantes puntos de contacto entre Oriente y Occidente. El fin del Imperio Otomano, del que formaba parte, y los duros años que siguieron a la Primera Guerra Mundial, tornaron caótica su situación, motivo por el cual muchos de sus habitantes buscaron alejarse de la permanente inestabilidad y constantes hambrunas.

Todo era arriesgado y azaroso. La necesidad de sobrevivir hacía que los pequeños hijos ayudaran a sus mayores. En esos tiempos difíciles, en torno al Konac , la torre del Reloj que domina ampliamente la rambla sobre la Bahía de Izmir , recorrían las intrincadas callejuelas bíblicas de Esmirna Rafael Alejandro, lustrabotas y su hermano menor, Yaco , vendedor de velas. De las caravanas de carros que pasaban los muchachos solían “pinchar” algún atado de higos, recogían algunos del suelo, como un juego que, a la vez, les ayudaba a mitigar el hambre de la jornada. Unos años después, los dos hermanos a miles de kilómetros del Asia Menor, dejarían su apellido ligado a la historia de dos cafés muy diferentes y sin embargo tan porteños.

Los Alboher y el Tortoni

Rafael Alejandro , el joven de dieciocho años recién arribado al país, se instala en Buenos Aires como otros de su estirpe, en una pensión de la calle 25 de Mayo, cercana al puerto. En su documento de identidad, las autoridades le cambian al apellido la letra “H” por la “G” , de acuerdo con la pronunciación, por lo que en adelante se llamaría Alboger . Comienza a trabajar como lustrabotas en el Tortoni , este sería un dato menor, de no haber sido que, con el tiempo, fue m ozo y luego maître del famoso café de Avenida de Mayo, al que estuvo ligado por casi dos décadas.

El “Tortoni” lleva el nombre del famoso café parisino homónimo y fue inaugurado en 1858 por el francés Jean Touan . Hacia 1879 se lo vendió a su familiar y compatriota, Monsieur Celestino Curutchet (2) Este singular hombre, favorecedor de eventos culturales, era quien lo regenteaba hacia 1920, cuando ingresó a trabajar “el turco” Alboger , aunque en virtud de la avanzada edad del empresario (noventa y dos años), la dirección del local fue recayendo en sus hijos mayores: Mauricio y Pedro Alejo. En 1925 falleció Celestino y un año después se produjo la inesperada muerte de Mauricio, detrás del mostrador, hechos que influyeron para que la familia tomara la decisión de vender el café a la firma Rey Hnos. y Pego.

Por una gestión de Rafael Alejandro , que ya era maître del Tortoni , comienza a trabajar allí su hermano menor Yaco. Tal como comentaba éste en una entrevista de 1975 a la Revista “Así”: El 26 de mayo de 1931, al otro día de llegar a la Argentina "entré a trabajar, por mediación de mi hermano, que hacía más de 9 años que cumplía tareas de mozo en el lugar... por supuesto que no entré de mozo, primero estuve en las tareas generales y después fui escalando posiciones”. Además recordaba que tenía que “moverse en medio de estas 150 mesas y 600 sillas" atendiendo a figuras de las letras, como Alfonsina Storni o Baldomero Fernández Moreno , artistas de la talla de “... Muiño, Arata, Alippi y Ratti”, o figuras políticas “... como el Coronel Perón que cuando estaba en la Secretaría de Trabajo y Previsión, paraba un rato a tomar un cafecito y seguía viaje” o el que fuera Vicepresidente de la Nación Elpidio González, un "buen habitué”. (3)

La historia de los hermanos del Tortoni seguirá por diferentes senderos: el mayor, pasará a convertirse en dueño del Izmir y su hermano Yaco a ser uno de los accionistas de la empresa “Gran Café Tortoni SRL”, formada en 1956.

Los Hnos Rey se retiran en 1943 de la conducción del negocio de Av. de Mayo 829, y en pocos años se producen varios cambios de dueño: González Alvarez (1943), Prieto, Devesa, Díaz y Cía. (1948), Eduardo García y E. Pérez . (1950), Estévez - Llanos y Cía. (1954 ). Si bien todos ellos intentaron la vigencia y rentabilidad del negocio, los constantes cambios de firmas y las crisis recurrentes provocaron la acumulación del pasivo y hasta cierto punto el decaimiento del movimiento cultural que fue característico hasta mediados de la década del 40.

La nueva sociedad “Gran Café Tortoni SRL” inició su actividad el 1 de noviembre de 1956 como producto de la unión de esfuerzos de veinte personas que pensaron en devolverle al tradicional café el prestigio ganado por su historia. Además primó la idea de pensar en el largo plazo, reinstalando la alianza espacio - tiempo - cultura y promoviendo sus salones a tal fin.

Los accionistas surgieron de dos grupos: antiguos mozos y un conjunto de empresarios, algunos de los cuales habían tenido experiencia en el rubro en importantes establecimientos gastronómicos. Varios de los mozos: Yaco Alboher, Benja-mín Rodríguez, Raúl Cardozo y Joaquín Arias, siguieron en actividad, siendo a la vez accionistas, con el aporte de las indemnizaciones cobradas a la empresa saliente.

Arias, de experiencia y buen trato, cumpliría en adelante la función de Encargado de Personal e integraría el grupo que estaba a cargo de la dirección, formado además por el catalán Pedro Anglada , quien le diera fama a “El Querandí” , de Perú y Moreno y los hermanos José y César Matti , ex-dueños de “ El Ateneo” , de Sarmiento y Carlos Pellegrini, donde asistían conocidas figuras del teatro. Un joven de 23 años, Roberto Fanego , ingresó desde un comienzo a la sociedad como inversor y cumplía funciones en el puesto de cajero; su interés por las expresiones artísticas lo llevaría a ocuparse gradual-mente de las relaciones públicas del café y su inteligente y eficaz tarea ayudaría a revitalizar las actividades culturales hasta nuestros días.

Tránsito del Tortoni al Izmir

Por una pirueta del destino Rafael Alejandro Alboger dejaría su puesto del Tortoni para constituirse, finalmente, en dueño del Café Izmir, donde permanecería por veinticinco años al frente de un lugar de antología, en la calle Gurruchaga 432, en el barrio de Villa Crespo.

El local, construido hacia 1932, sobre la base de tres habitaciones de un inquilinato, fue abierto a mediados de los años treinta como café, acreditando su habilitación municipal desde 1937. Como consecuencia de un hecho fortuito, Alboger tuvo que hacerse cargo del comercio que llevaba el nombre de su ciudad natal, en 1940 (4) , tras un acuerdo con la propietaria del predio, la señora Estrada viuda de Alvarez, que confió en él para regularizar la situación, pues era el garante de un coterráneo que estaba al frente del mismo y que había dejado de pagar los alquileres.

El "izmirli" , con la experiencia acumulada en el célebre café Tortoni , encaraba confiado el nuevo emprendimiento. Se distanciaba del ámbito en el que por años había asistido como observador inadvertido de las tertulias de buena parte de la intelectualidad. Partía dejando la esmerada atención de artistas, poetas, bohemios, personajes de la alta sociedad o del mismísimo presidente de la Nación, Marcelo Torcuato de Alvear, para tomar posesión de un sitio muy distinto, verdadero enclave oriental, de muchedumbres mayoritariamente humildes y cargadas de nostalgias por sus pueblos lejanos: El Café Izmir .

El Izmir y Marechal

Alboger sería el nexo histórico entre los dos cafés. En tiempos en que aún atendía en el Tortoni uno de los concurrentes era Leopoldo Marechal. El importante hombre de letras, partícipe de "La Peña del Tortoni", inaugurada en mayo de 1926, a la que asistía como parte de la generación martinfierrista ( 5) , a la sazón, había sido vecino de Villa Crespo y justamente el Izmir sería uno de los escenarios elegidos para la trama de su famosa novela "Adán Buenosayres". A través de sus páginas los lectores recibieron algunas imágenes del singular café, aunque es menester señalar que, más allá de su recreación en la ficción, el Café Izmir era ya uno de los símbolos del barrio y sus alrededores, mucho antes de que la novela se publicara en 1948 y se popularizara a mediados de la década del sesenta.

En el texto de Marechal varias situaciones nos llevan a “... aquel recinto sobresaturado de anises y tabacos fuertes donde Junto a la vidriera, un músico abstraído hería, como en sueños, el cordaje de una cítara negra con incrus-taciones de nácar.” (6) En interesante diálogo, tres parroquianos, el judío Abra-ham, el musulmán Abdalla y el cristiano Jabil, sentados en torno a una de las mesas del Izmir , defienden sus diferencias sobre el Mesías. Relato que señala la indudable coexistencia de habitués de muy diferentes orígenes, procedentes de aldeas y ciudades cercanas al Mediter-ráneo Oriental, sobre todo sefaradíes de habla castellana.

El café funcionaba en un barrio sorprendente, de múltiples reali-dades. Deambulaban musas, poetas y juglares y, por supuesto, hasta el tango echó raíces allí. ¿Qué magia inenarrable poseía Villa Crespo? En “La Batalla de José Luna” Marechal lo expresa así: " Entre las mil ciudades que abajo (en la tierra) perfuman el éter con el humo de sus chimeneas existe una: se llama Buenos Aires. ¿Es mejor o peor que otras? Ni mejor ni peor. Sin embargo, los hombres han construido allí  un barrio inefable, que responde al nombre de Villa Crespo." (7)

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Carlos Szwarcer

 

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