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tradicional una "picada" llamada "mezé", compuesta por una variedad de platitos típicos: queso blanco de cabra, aceitunas, rabanitos, pepinos, huevo duro, etc., y el infaltable "rakí", anís, que muchas veces era convertido en un líquido de aspecto lechoso debido al agregado de agua. El juego de naipes, especialmente "loba" o "pastra", y el "table" (similar al backgamon), eran parte del entretenimiento del lugar.
Pero esos hombres deliraban cuando tocaba la orquesta oriental: mandolín, laúd, kanún (instrumento de cuerda ejecutado con plectros), pandereta, dumblek (tambor pequeño), violín, etc. La llegada de los músicos y las bailarinas, en horas de la noche, habitualmente los viernes y fines de semana, era todo un acontecimiento barrial: "... cerraban las ventanas pero tenía las cortinas... y siempre un gauchito que las corría un poquito y se veía..." asegura Nicolás D.. Muchos vecinos y "purretes" (jóvenes) se agolpaban en la entrada para escuchar la música o "pispear" (observar) y adentro, rememora Sergio S., "... no había lugar, era tipo cancha de Atlanta... lleno hasta el fondo, era una cosa impresionante... Me impactaba ver llegar al Izmir a los músicos que tenían un pequeño 'tabladito' en el medio... Y la mina (bailarina) estaba vestida... con todo dorado con perlas, todas agarradas hasta acá, el corpiño... se le veía el 'pupi' (señala el ombligo) y con una bombacha de gasa y bailando descalza."
Así como preservaron el castellano antiguo hablado en la España medieval, el agrado por la música turca y por los "velos endemoniados de las odaliscas" fueron comunes en los sefaradíes. Estas, entre otras costumbres, provenían del antiguo Imperio Otomano, en el que habían vivido sus ancestros por más de cinco siglos, luego de las expulsiones de la Península Ibérica a fines del siglo XV. La tolerancia otomana permitió un trato respetuoso y la esperanza en el futuro fue posible, lo que no era poco. Parte de esa cultura se incorporó a sus tradiciones a través de muchas generaciones y, por lógica, se vio acrecentada por la lejanía de sus países de origen.
La "música turca" era ciertamente popular y el baile coronaba un sutil efecto de seducción. Perviven en el recuerdo famosas bailarinas: Madame Jeannette, Flora, Madame Flash, Milí, las Livías y renombrados bailarines como Abraham Sadrinas que, al son de la danza, hacía equilibrio con una botella en su cabeza, mientras golpeaba dos cucharas a modo de castañuelas. Elías Bajar, aplaudido también por el excelso e intuitivo arte de sus movimientos. No es de extrañar, entonces, la gran expectativa con que eran aguardadas las memorables "nochadas" del Izmir.
Trascendencia del Izmir
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